Su lengua élfica era sedosa y, aunque mi idioma le resultaba claramente extraño, lo infundió de un timbre casi musical. "En la parte profunda del bosque hay una enredadera", dijo, "que mi pueblo llama iriolis". Más o menos se traduce como 'los dedos que se arrastran'. Esta enredadera crece por todas partes: sobre la tierra, en los árboles, bajo el agua; incluso sobre la superficie de la roca. El problema es que crece demasiado bien. Los dedos son avariciosos; secan la tierra, contaminan el agua y no dejan luz a las demás plantas. Por eso las arrancamos de raíz, porque si dejáramos con vida a las iriolis, el resto del bosque moriría".

"No lo comprendo", contesté. "Pensé que iriolis era la palabra élfica para 'Humanos'".

"Ciertamente", dijo, desenvainando la cimitarra de plata de la vaina en su cinto.

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Según cuentan los bardos, hubo un tiempo en el que los Elfos eran una sola raza, mucho antes de que la Guerra celestial separara al hermano de la hermana y enfrentara a las familias. Se dice que en aquella época, Cibeles, la Diosa virgen, atrajo a algunos de los hijos de los Elfos, tentándolos para que vagaran libres por los bosques, para que danzaran y se dieran festines a la luz de la luna con sus primos, los Elken y los Fae. Es fácil perder la noción del tiempo en el bosque de Cibeles, bailando, cantando y festejando de una noche a otra. Algunos de estos niños no regresaron jamás a sus familias, sin saber que habían pasado siglos y que los reinos de los Elfos habían sufrido los efectos de la guerra y el tiempo.

Se rumorea que los Elfos del bosque son los descendientes de esos niños. Misteriosos y salvajes, se diferencian de sus hermanos más civilizados; han renunciado a la vida elegante de la sociedad élfica y prefieren la soledad aislada de la naturaleza.

Los Elfos del bosque respetan a todos los dioses, pero muestran una afinidad especial por la Doncella, la Madre y la Bruja.

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