"No soy uno de los vuestros", dice con un gruñido burlón la guerrera de pelo corto.

Se inclina hacia delante, apoyándose en los gavilanes de su enorme espada a dos manos, ladea la cabeza y le mira como se mira a los animales callejeros. "Tenemos el mismo aspecto, sí... pero un perro se puede parecer a un lobo. Y eso no les hace hermanos".

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Para el observador normal, la mayoría de los Nethari no parecen diferenciarse de los demás humanos. La tonalidad de la piel, el color de los ojos y el pelo, por lo general, no son indicios que sirvan, ya que varían casi en el mismo grado de pigmentación que puede verse en otros humanos. Los escasos elementos que marcan a alguien como miembro de los Nethari (el cabello corto y una serie de ardientes tatuajes que animan hombros, brazos y rostros) son de naturaleza cosmética, y no rasgos de nacimiento.

No obstante, los Nethari afirman ser una raza independiente del hombre. Según la tradición escrita, se dice que Arkon, Señor del Sol, eligió una tribu específica de humanos para que gobernase a todas las demás y, como prueba de ello, puso un encanto en la sangre de su pueblo elegido gracias al aliento abrasador que robado a Lyessa, Madre de los dragones. Se dice que esta sangre, que se transmitió a través de generaciones, es la razón por la que los tatuajes de los Nethari arden con una incandescencia sobrecogedora.

Los eruditos de las demás razas discuten esta tradición, afirmando que el efecto no proviene de su sangre, sino de la tinta que se usa para aplicar estar marcas. Los Nethari se ofenden mucho ante esta sugerencia, y se han librado guerras por la insinuación de que su sangre no se diferencia de la de los "hombres comunes".

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