Me llamo Cayo Aurelio. Me criaron para ser un guerrero, y no les decepcioné.

En mis armas favoritas son el hacha, la danza, el arco y la espada. Soy el noveno de mi familia en ser elegido miembro de la Brigada roja. Es una prueba de nuestra educación superior.

Mis actos quedan registrados en el Libro de los Hechos; y me enorgullece que a mí y solo a mí me pertenezcan.

Yo, Cayo Aurelio, combatí en la batalla de Cirene, en la que la Legión de los centauros derrotó a los Golems que proliferaban como gusanos en las grietas de la montaña.

Yo, Cayo Aurelio, estaba en el suelo del Senado cuando los Traidores al juramento intentaron arrebatarnos el Imperio con sus artimañas. Mi lanza puso fin a Kylan el Susurrador; y con él, a la rebelión.

Yo, Cayo Aurelio, tomé por esposa a Clelia Juliana, Joya del Imperio, la Indomable.

Tuve cuatro hijos, todos guerreros. Me enorgullezco de saber que eran míos.

Nuestro imperio no tiene rival. Cien mundos nos pertenecen por derecho. Si no hubiera sido por el Hambre, sin duda gobernaríamos los Reinos del Hombre. ¡En nombre de Valkyn, el Padre de Todos, por supuesto!

Me llamo Cayo Aurelio. I will be remembered

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Los centauros son una raza orgullosa y belicosa, que durante muchas generaciones parecía obsesionada con la conquista de todos los mundos conocidos. Esta campaña para la construcción de un imperio podría haber tenido éxito, de no ser por la aparición del Hambre, que corrompió (y finalmente consumió) Pelión, el mundo natal de los Centauros. A los guerreros Centauros, que pertenecen a un imperio expansionista liderado por un senado, se les adiestra desde su nacimiento en el arte de la guerra; y a los magistrados Centauros se les enseñan las disciplinas necesarias para administrar un enorme y creciente imperio.

La historia del origen de los Centauros se rememora a menudo (y con orgullo).

Cuando los mundos eran jóvenes, los dioses celebraron una competición. Apostaron para ver quién podía crear la criatura más espléndida de todas. Cada dios dio forma a una bestia y la imbuyó de ciertos talentos.

Arkon concedió el lenguaje a los Humanos. Zaleena otorgó la astucia a sus Serpientes. Malekai gave the Elves their beauty, while D’Orion gave strength and speed to the beasts of field and forest. Y esto continuó, y cada uno de los dioses concedía un talento a cada estúpida criatura del bosque que pudieron encontrar.

Valkyn, el Padre de los dioses, llegó el último. Miró lo que habían forjado sus hijos y les dijo: "Lo habéis hecho bien, hijos míos; pero yo puedo hacerlo mejor".

Y tomó los mejores de estos talentos (lenguaje, ingenio, elegancia, fuerza y agilidad), y se los invistió a una sola criatura. A esta noble criatura la llamó Centauro, y la colocó por encima de las bestias inferiores, para que las usara o las gobernara como lo creyese conveniente.

Todos los dioses acordaron que Valkyn había ganado el concurso, ya que su creación era sin duda la más grande.

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