Una vez soñé con ser princesa. No funcionó.

Mi madre falleció cuando yo tenía trece años. Recuerdo esa cama, el olor a lavanda que cubría el hedor de la descomposición. No estuve allí cuando quemaron su cuerpo. Querían ahorrarme el verla levantarse o agitarse. De todas formas, lo veo en mis sueños.

Padre intentó casarme con un noble, pero no lo acepté. La Iglesia estaba desesperada, y nombraban caballero en el acto a cualquiera que pudiera pagarse un caballo y una armadura. Fuimos las primeras mujeres en ser santificadas desde la Cruzada del mendigo; pero no las últimas, ciertamente.

La enfermedad que se había llevado a madre se estaba extendiendo. Granjas, aldeas, incluso ciudades se perdieron, o fueron selladas y quemadas para impedir que el Hambre avanzara. ¿La ralentizamos siquiera? Aún rezo por los vivos, por todas las almas inocentes que atrapamos dentro.

Aquellos días fueron difíciles, llenos de sudor y ceniza, de muerte y acero. Me enorgullezco de esa tarea. Incluso mientras mi mundo se desmoronaba, hice todo lo que pude para combatir al Hambre.

Aún sigo luchando contra ella. Por mi madre, por mi padre y por el mundo que una vez amé.

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Una guerrera permanece solitaria en el campo de batalla, con la punta de su gran espada enterrada en el suelo frente a ella. Su armadura de placas, aunque manchada de sangre, brilla bajo la luz del sol, que casi se ha puesto. Camina entre los muertos, contando los cadáveres, y susurra una oración para que los caídos no vuelvan a levantarse.

Un guerrero Elken permanece ante una multitud enfurecida, resplandeciente con su armadura de brillantes escamas plateadas. Sus ojos brillan con una sabiduría que contradice su semblante parecido al de un ciervo, y sus cuernos le otorgan un aire de elegancia, de nobleza. No le intimidarán, porque ha nacido para ser el cazador, nunca la presa.

Los tatuajes de su cuello y hombros se encienden con una palabra; un débil brillo amarillo llena la oscura tumba. Su cabello recortado la delata como Nethari, la raza de hechiceros guerreros que se consideran aparte de los hombres mortales... Pero su gran espada y peto hablan de otra historia: esta ha olvidado a la Madre Iglesia para seguir el camino del Templario. Es una verdadera creyente.

Los Templarios, orden fundada originalmente para ser el brazo militar de la Iglesia del Sol, se escindieron de su organización hermana, los Confesores, para centrarse en la salvación de las masas, en lugar de perseguir y condenar a los pecadores.

Los Templarios, guerreros santos que destacan en el combate y la magia divina, son soldados que, en vida, se dedicaron al servicio de Arkon, el Dios de la Luz y la Justicia. Al morir, sin embargo, no todos los Templarios permanecen fieles a sus votos terrenales. Algunos juran lealtad a dioses diferentes; mientras que otros abandonan la fe por completo y luchan para el mejor postor.

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