Ni te conozco ni quiero.

Me han ordenado que haga esto, y yo obedezco. No hay necesidad de que nos hagamos amigos.

Sí, una vez fui un Caballero; "de sangre noble", lo que sea que eso significa. Morí luchando por mi familia, por un rey que apenas recuerdo. Para él gané un glorioso montón de rocas en una colina que ya no existe. Ese parece ser mi destino: sangrar por los de sangre real. ¿Y a los de más baja cuna? Les hago sangrar por mí.

Demonios, con los dioses no es distinto, ¿verdad?

Qué no daría para olvidar todo esto y regresar a la bendita ignorancia de la mortalidad.

¡Oh, volver a participar en justas! Las trompetas y los estandartes; la cerveza y las putas; la sangre y la borrachera. Todo ello. Envolverme con la mentira, convencerme de luchar por algo que importa.

La nobleza. El honor. La justicia. No son nada más que palabras.

Ya basta de charla. Háblame de este hombre que vamos a matar. Cuando le encontremos, tú le sujetas. Le declararé culpable y le daré un repaso con mi espada.

Después de todo, soy un Caballero.

MásMenos

El viejo Guinecean sonríe cálidamente ante la invitación a la aventura. Se levanta de la mesa, cerrando una pata en torno a la empuñadura de su espada, mientras que con la otra aferra el cinturón y la vaina. Con los ojos pesados a causa de innumerables guerras, levanta el escudo y se prepara para la marcha que le aguarda y las batallas que sin duda seguirán.

El Elfo lunar contempla la ciudadela caída, el hogar de su juventud yace desparramado ante él. Sostiene en alto su espada, un silencioso tributo a la vida que llevó una vez y a la reina que amó.

El joven guerrero sonríe, y sus ojos brillan con la confianza de la juventud y la nobleza. Deja caer sobre su rostro la visera del yelmo metálico, prepara la parpadeante antorcha ante él y avanza por el oscuro pasillo de la antigua tumba.

El título de caballero, el sello de la sociedad feudal, normalmente se otorga a hombres y mujeres de noble cuna, obligándoles por juramento a que protejan la tierra, el pueblo y la corona. Toda una vida de estudio marcial convierte a estos nobles guerreros en los elegidos favoritos de los dioses. Lamentablemente, sin embargo, este código ético rara vez se honra durante los días que siguen a la muerte, ya que los recuerdos se desvanecen y las lealtades son puestas a prueba.

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