Piensa en mí como en un confidente. No, como en un hermano. Así de profundo es mi amor por ti.

¿Qué sabes del Hambre, hermano? ¿Crees que todos los mundos deben morir, al igual que un árbol se pudre con el tiempo y la descomposición? ¿Que el Hambre es brujería oscura, la obra de avariciosos hechiceros y adoradores de demonios?

No, no. Eso no es cierto. El Hambre es la encarnación de un pecado corriente. La envidia. El odio. La avaricia. La lujuria. Un pecado corriente que corrompe el corazón de hombres corrientes, hombres que no son diferentes a ti. Hombres que viven en las tinieblas, y se esconden de la Madre Iglesia.

Este es mi servicio y mi penitencia: buscar la sombra, exponerla a la Llama de la verdad y arrastrar a los pecadores de vuelta a la luz.

¿No admitirás tus faltas? Tu aldea arde. Tu familia ha desaparecido. Tus mentiras no benefician a nadie.

Habla ahora, hermano. Puedo hacer que pare el dolor. Cuéntame tus pecados.

MásMenos

El Elfo de piel roja agita los dedos a su alrededor, mientras que solo una gota de fuego salpica de luz las paredes del oscuro templo. Su ojo brilla con el fuego del fanatismo mientras salta y se tambalea, y sus pies desnudos apenas tocan los carbones siseantes debajo de él.

La sacerdotisa Nethari baja la cabeza y susurra un cántico en nombre de Arkon, príncipe de la luz. Las llamas saltan de sus dedos y danzan sobre la piel de la figura que se arrodilla ante ella, provocándole un gemido bajo e inquietante.

Una figura sombría emerge de una casa en llamas, la carne cubierta de pieles y sin que la lengua del fuego carmesí toque su ropa. Mientras surge del humo, su silueta dotada de cuernos le señala como Elken, el vástago con cabeza de ciervo del príncipe D'Orion, el Cazador celeste, y estudiante de la llama.

El título de Confesor es oficialmente sancionado para uso único de la Iglesia del Sol, pero coloquialmente se emplea para incluir a los practicantes de la magia del fuego de todas las culturas. Los Confesores pasan la vida dedicados al arte de la Piromancia, la memorización y recitación de las antiguas palabras de poder que se pueden invocar para prender la madera, fundir la piedra, consumir la carne o carbonizar los huesos. Muchos afirman que estas palabras son de naturaleza divina, aunque el origen difiere de una cultura a otra: oraciones al príncipe Arkon el Dios del sol, encantamientos a Lyessa, Reina de la serpientes marinas, o quizás incluso la lengua divina del mismísimo Padre de Todos.

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