¡Oh, necesitas un campeón! Cuento entonces conque tendrás oro.

Era un niño cuando me nombraron "sir". ¿Sangre noble? ¡Bah! Mi papá era carnicero. Algunos dicen que yo no me alejo mucho de eso.

¿Conoces a sir Merryll, el hombre al que llaman Caballero del grifo? Desafió a mi señor, lord Barstow. Juicio por combate. Si uno se va a acostar con la mujer de otro hombre, es mejor no elegir uno que no sea tres décadas más joven.

¡Qué pelea habría sido esa! Barstow, viejo y lento, gotoso y borracho... contra sir Merryll de Callis, ¡la Garra!

Barstow me vio, grande como un buey y el doble de testarudo, y me nombró caballero allí mismo.

En cuanto quebré la espadita del buen caballero, ya no parecía tan duro. Intentó morderme, como si fuera un sarnoso gato callejero. Así que le arranqué la lengua.

Justicia divina, ¿eh? Hasta donde yo sé, los dioses escupen a los justos y a los pecadores por igual. Yo gano porque soy más fuerte, y porque estoy dispuesto a hacer lo que otros hombres no harían.

¿De qué decías que te han acusado?

¿Sabes qué? Olvídalo, no importa. A mí me pareces inocente.

Y yo tengo buen ojo para esas cosas.

MásMenos

El guerrero salta por encima del muro bajo y aterriza en el suelo de la arena con la sutileza de un peñasco que cayese retumbando de una montaña. Su linaje de Gigante resulta obvio mientras se cierne amenazador sobre su rival, una torre de músculos y huesos cubiertos por placas de metal. Se ríe, haciendo oscilar de una mano a otra su enorme hacha y lanza su primer golpe.

Las filas de la vanguardia del ejército se dividen y avanza cabalgando un jinete, una noble Centauro, gloriosa con su brillante cota de malla y pelo plateado, con un banderín de color rojo sangre ondeando del extremo superior de su lanza inclinada. Se acerca a medio galope al centro del campo, nivela la lanza y se detiene, ansiosa por enfrentarse al mejor aspirante que el ejército rival pueda ofrecer.

Con un enorme encogimiento de hombros, el Enano levanta el gran martillo y se lo echa al hombro. Avanza por el pasillo, dejando a su paso una lluvia de tierra y hojas, y después se sitúa en la entrada de la cueva. Se asienta allí, inmóvil y sin hacer ruido, como una estatua colocada para guardar el pasaje hasta el fin de los tiempos.

Mercenarios, protectores, conquistadores y señores de la guerra: el título de Campeón se le otorga solo a los guerreros que, tanto en sentido literal como en el metafórico, se elevan por encima del resto y llegan a ser los mejores de entre los suyos. De diferentes culturas y profesiones, todos los grandes Campeones comparten un rasgo común: brillan en su capacidad para enfrentarse a otros en combate individual y alzarse con la victoria. En la muerte, los Campeones a menudo eligen luchar por los dioses, comportándose en la otra vida del mismo modo en que lo hicieron mientras vivían: luchando por una causa, noble o no, y dejando un rastro de cadáveres a su paso.

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