¿Quién soy? Te resulto familiar, ¿verdad?

No. Te engañan los ojos. No soy nadie. Soy el viento.

Uno no persigue al viento, porque no se le puede atrapar. Uno no puede ver el viento, porque no es visible.

¡Es inquieto, el viento! ¡Tan aburrido, tan solitario, tan desesperado por nuestra atención!

Se muere de ganas de bailar con nosotros, de correr y reír.

Allá donde va, vemos su toque: las olas avanzan, las cortinas bailan, los árboles se inclinan y las nubes van a la deriva.

Y aun así, permanecemos ciegos ante sus avances. Gime y llora y se desata contra nosotros, furioso a causa de nuestra negligencia.

Su aullido puede aplastar al barco más grande. Sus lágrimas funden montañas. Su susurro ahoga la llama más brillante.

No vemos su rostro, solo aquello que ha tocado... y, después, sabemos que estuvo allí.

Yo soy el viento, ¿comprendes? Nunca me verás. Solo verás los cadáveres que dejaré a mi paso.

No se me puede ver. No se me puede atrapar.

No soy nadie.

Soy el viento.

MásMenos

El cuchillo de ella se desliza con facilidad por el cuello de él, que se desploma hasta el terraplén con un borboteo. Ella da un paso atrás e inspecciona sin emoción el patio que hay más abajo. No hay testigos ni alarmas. La asesina Vidente despliega sus alas grandes y negras y envaina sus dagas. Da dos pasos hacia el límite del muro y se desvanece en la negra noche.

Se cuela por la entrada sin que le vean. La enorme sala está cubierta por la oscuridad. Bajo sus alas de ébano, parece tan solo otra sombra. Se acerca a una hilera de grandes barriles alineados junto a la pared y saca un pequeño frasco de cristal. El veneno es potente: unas cuantas gotas en cada barril debería ser más que suficiente.

La princesa Elfo lunar recorre con elegancia el corredor de palacio. Hace gala de una confianza que la mayoría de la gente nunca alcanzará, una gracia reservada para las bailarinas profesionales, los maestros de la espada y los vástagos de la realeza de los elfos. Sus modales contradicen su verdadera intención; del mismo modo en que su aksida de seda oculta la daga curva que lleva en la cintura. Uno de sus primos moriría esa noche.

No todos los cuervos fueron héroes en vida. Los asesinos ejercen una profesión más oscura; cuchillos afilados, venenos mortíferos y flechas silenciosas son las herramientas que usan para tallar un infame papel en la historia. De poca confianza y despiadados, estos oscuros mercenarios rara vez viajan en grupo o tienen que envidiar la disciplina militar, sino que sus sutiles habilidades son muy eficaces a la hora de derrocar regímenes y poner fin a dinastías.

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