HISTORIA DEL LOBO

La cerveza suele soltarme la lengua, así que permíteme que te entretenga con la historia de cómo conseguí estas cicatrices. Oh, no finjas no haberlas visto. Conservé la vida, así que no me avergüenza llevar el relato escrito en la cara.

Hace años, me encargaba del abastecimiento para una señora de la guerra, aunque ha pasado tanto tiempo que no me acuerdo de su nombre. Al ser joven y estúpido, normalmente decidía no contratar guardias para el viaje de regreso. Cualquier cosa con tal de ahorrarme una o dos piezas de oro.

De vuelta a casa de una entrega, solo, iba cruzando una llanura abierta cuando una tormenta se formó de la nada, rugiendo. El cielo pasó de estar casi sin nubes a volverse tan negro como la brea en cuestión de segundos, y cayó un diluvio. Al instante me encontraba empapado hasta los huesos, lo que hacía que el cortante viento fuera resultara aún más frío.

Con la tempestad llegó un lobo. Su pelaje gris oscuro se ondulaba bajo el feroz viento como si él mismo trajese la tormenta. Supongo que debió de sentirse confundido. Nunca he visto una bestia soportar un temporal tan malo para poder comer. Quizás se moría de hambre, quizás estuviera enfermo. Todo lo que sé es que sus penetrantes ojos amarillos me hicieron saber claramente que quería morderme y que no lograría persuadirle.

Me agaché y desenvainé la daga mientras espesas nubes engullían la luz, y le vi desaparecer en la niebla. Ya no podía verlo, pero aún podía sentir su mirada sobre mí. Me esforcé por oír algo por encima del estruendo de la lluvia, por distinguir algo a través del diluvio.

De repente, el dolor afloró en mi antebrazo y me giré para ver las fuertes mandíbulas del lobo cerrándose sobre la manga de mi túnica. Solté un tajo a la desesperada, pero ya se había retirado y la hoja solo cortó el aire. Presioné con fuerza el brazo sangrante contra el pecho.

Pasaron minutos que parecieron horas. El menor parpadeo de luz me hacía volver la mirada hacia él. Los pelillos que se me erizaban en la nuca me indicaban que se encontraba cerca, pero no podía ver ni rastro de él.

Abruptamente, el lobo volvió a embestir, esta vez aprisionándome el tobillo entre sus fauces. Me causó un dolor atroz a través de la bota, pero esa vez estaba preparado para él. Blandí la daga y sentí la hoja hacer contacto y abrir una abrupta línea de su ojo a su hocico. Esperaba que aullase, que retrocediese. No lo hizo. Se mantuvo firme, moviendo el ojo bueno hasta encontrar mi mirada. Aterrorizado, reaccioné airado para asestarle otro tajo, pero igual de rápido que antes, desapareció.

Sin darme tiempo a recuperarme, volvió a aparecer rápidamente, casi de inmediato. Con temerario abandono se lanzó contra mí con todo su cuerpo. El destello de un rayo, demasiado breve, reveló con claridad su garganta mientras sus fauces empapadas en sangre me envolvían el rostro. Los dientes pasaron por encima de mi nariz y mis mejillas, y me abrieron más heridas de las que pensé que era posible soportar sin morir. Un grito primitivo desgarró mi garganta, amortiguado por el estallido de un trueno.

Estábamos enganchados, con sus colmillos hundidos en mi mejilla y mi daga enterrada en la carne musculosa bajo su grueso pelaje. Hice girar bruscamente la hoja un par de veces y sentí su fétido aliento en mi cara al gruñir de dolor. Cuando la presa de sus mandíbulas se volvió más fuerte, sentí crujir y ceder los huesos de mi mejilla. Tenía la mano pegajosa por la sangre, así que la apreté lo mejor que pude y le golpeé una y otra vez hasta que el calor de su aliento en mi cara fue reemplazado por el aire frío y la lluvia .

Con un esfuerzo, me puse en pie e hice todo lo posible por limpiarme los ojos. El rayo iluminó el cielo con llamaradas continuas, una y otra vez, y el mundo se iluminó con un brillo casi equiparable a la luz del día. Allí estaba el lobo, ni a tres metros de mí, y los dos estábamos empapados en sangre. Estuvimos así durante un largo rato, cada uno de nosotros retando al otro a que se moviera, preparados para lanzarnos ante el menor gesto. Entonces, por alguna razón que todavía no puedo comprender, el lobo se relajó.

Juro por Valkyn que le vi sonreír. Y la sonrisa reveló un hueco negro donde había estado su colmillo derecho.

Se giró y, sin volver la vista atrás, desapareció en la tormenta. El alivio que sentí fue inmenso, pero sobre todo, sentí haber logrado algo, como si hubiera superado alguna prueba.

Me abrí paso a tientas entre la mugre y el barro hasta llegar a una húmeda gruta en donde podría refugiarme hasta que pasara la tormenta. El olor de la carne asada y el crepitar del fuego me despertaron de un sueño febril. Un explorador que pasaba por allí me había encontrado en un estado lamentable y me había vendado las heridas con un conjunto exótico de hierbas que había forrajeado. Me mostró un colmillo tan largo como mi pulgar, con la punta afilada como una aguja y roto de forma irregular en la base. "Te encontré esto en la mejilla, compañero. Debe de haber sido una buena pelea; una buena, sin duda".

Cortó una tira de una piel que llevaba en la mochila y con habilidad convirtió el pedazo de cuero y el diente en un colgante, silbando suavemente mientras trabajaba. Tendiéndomelo me dijo, "Sin duda fue la suerte lo que te salvó, la misma que me trajo aquí. Quizás te quede aún algo de esa suerte en este colmillo. Porque al lobo no le ayudó en nada, ¿verdad?".

Nadie lo cree, pero sé que tenía razón, que aún queda algo de magia en esto. Nunca me lo quito y no he vuelto a ver a otro lobo desde entonces.

Veo que tú también tienes algunas cicatrices, amigo. ¿Nos tomamos otra ronda y hablamos de ellas?

¿Necesitas ayuda??