HISTORIA DE LOS RESUCITADOS

Aquello no era una persecución. Le estaban cercando.

Medio ciego en la luz que se desvanecía, con los pulmones ardiendo, el corazón de Auren latía de forma tan salvaje que estaba seguro de que le estallaría. Peor aun era el frío, ¡el maldito frío! Le perforaba la piel como un millar de agujas, cavando hasta llegar a la médula de sus huesos.

Tentando al azar, volvió la cabeza por un instante. ¿Estaban cerca? La mirada hacia atrás le salió cara. Durante un momento estuvo en el aire y luego cayó con fuerza. Al mismo tiempo que oyó romperse los huesos, sintió una chispa veloz que le subía de la rodilla al muslo. Aterrizó duramente sobre el pecho.

Al levantar la cabeza, se encontró en la entrada de un claro. Una manada de gatos infernales se estaba alimentando allí. Auren atisbó el inconfundible azul de un jirón de la túnica de Mako. Sintió la bilis subiendo por la garganta. Tragó con dificultad, obligándose a no vomitar mientras comenzaba a arrastrarse hacia atrás.

Tras él, se oía un crujido. La persecución incesante continuaba. Hizo lo único que se le ocurrió. Corrió. Ignorando el dolor. Ignorando el frío. Rezando a cualquier dios que le escuchase, para encontrar un lugar seguro antes de que su corazón se rindiera.

Una espesa mata de arbustos fue lo mejor que pudo encontrar antes de que sus congeladas piernas cediesen. Se arrastró, metiéndose tan dentro como pudo y cayó de espaldas, hundiéndose en un parche de nieve. A su alrededor se arremolinaba la niebla, mientras que el frío aire le seguía hasta su escondite. Exhausto, cerró los ojos. Solo un momento, pensó. Solo unos pocos minutos de descanso, eso es todo lo que necesito...

Un dolor repentino le hizo despertar de golpe. Temía que sus perseguidores hubieran descubierto su escondite y le estuvieran atacando, pero al sacudir las manos a ciegas para rechazarlos, no encontró nada allí. Más dolor, un dolor insoportable, le sacudió el cuerpo. "¿Gran Valkyn, qué sucede?", exclamó. La pesada niebla era tan espesa que tuvo que levantar la mano cerca de la cara para poder ver que la carne se pudría, desgarrándose mientras se le salían los huesos. De su garganta salieron gritos que resonaron en el reducido espacio.

En sus últimos momentos de pensamiento humano y lúcido, Auren se resignó al hecho de que el Hambre había caído sobre él y, en ese glorioso instante final, disfrutó de la felicidad de no tener que volver a sentir el frío.

Aquello que había sido Auren se levantó, con una sobrecogedora luz azul centelleando tras sus vidriosos ojos muertos. Se levantó y salió tambaleándose de detrás de los arbustos, y arrastró los pies tras la masa de criaturas que marchaban hacia los bosques.

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